El artista irlandés Maximilian Pelzmann crea una pieza para 

Santa Maria “en un homenaje a mis orígenes”.

 

 

Una gran pieza blanca luce desde hace un par de días en la fachada de la Basílica de Santa María del Coro en Donostia. Con el título ‘La armonía del sonido’, es obra del artista Maximilian Pelzmann San Sebastián. Su ubicación en este ventanal puede ser entendido como un paso más dentro del proceso que desde el espacio religioso, a través de su párroco Edorta Kortadi, se está dando para abrirlo al arte tanto clásico como contemporáneo. Pero detrás hay una historia llena de sentimientos, sensaciones, espiritualidad y descubrimiento de la tierra vasca.

Maximilian Pelzmann San Sebastián nació enDublín en 1974. Su madre Lola era una donostiarra, «de la plaza Gipuzkoa», que se marchó a Irlanda principios de los años 60. La profesión de su padre, un ingeniero austriaco, les llevó a residir también en Austria, Alemania y Estados Unidos. Hace un tiempo sus padres ya jubilados decidieron instalarse en Gipuzkoa, concretamente en Hondarribia y así fue como el artista tomó un contacto más directo con Euskadi, a donde antes venía de vacaciones. Ahora reparte su tiempo entre Nueva York y los alrededores de Jaizkibel, que tanto influyen en su obra más reciente.

Conoció Santa María y tras hablar con Kortadi surgió la posibilidad de colocar la pieza, todavía no está claro cuánto tiempo pero sí será un largo plazo, en la fachada principal. Pelzmann relata que «me di cuenta de que era una oportunidad fantástica no solo paramí sino también para la comunidad. Pero al mismo tiempo resultaba complejo porque tenía que buscar el equilibrio entre mi integridad comoartista y el magnífico espacio que se me había cedido. No solo porque San Sebastián es una ciudad importante sino porque es parte de mi herencia». Bromeando señala que «mi madre fue bautizada en esa pila. Así que si la escultura me sale mal me mata o como mínimo me da un azote».

 

 

Pensó mucho en el edificio, en su decoración barroca y rococó, pero también en dónde estaba ubicada la ventana, junto a las escaleras por las que se asciende a la iglesia y la pequeña plaza que se hace al confluir la calle Mayor con 31 de agosto y la subida a Virgen del Coro. «Mucha gente y muy diferente circula por ella». Realizó una «labor de investigación» pasando por la zona a distintas horas. «Los sábados por la tarde cuando se llena; por la noche, cuando todavía hay gente joven sentada en las escaleras; al mediodía, cuando la gente come pintxos en el bar de enfrente… Estuve comprobando cómo interactuaban y me quedé fascinado».Pero la verdadera ‘revelación’ de qué desarrollo tenía que tener la obra le llegó una tarde en la que, una vez más, estaba en la Basílica buscando la inspiración. «Había una boda en euskera. Era muy curioso porque en la parte de delante se encontraban los invitados y detrás, separados por un cordón, un montón de turistas. Eran personas que venían a ver la arquitectura del edificio, su interior, pero como se encontraron con un acto así se sentaron escuchando un idioma que no entendían. Cuando terminó todo elmundo se puso en pie dispuesto a marcharse. Entonces, desde el coro surgió una voz de mujer cantando. Todo elmundo primero se paró y luego se volvió a sentar».

Se trataba de la soprano donostiarra Ainhoa Zubillaga que entonaba el ‘Ave María’ de Schubert. «Me di cuenta de que el sonido que salía de su boca eran ondas que llevaban un mensaje, que se podrían representar visualmente con unas curvas. Había armonía.A partir de ahí tuve bastante claro por dónde tenía que ir».

Después visitó una exposición de Menchu Gal, donde empezó a reflexionar sobre temas como el mar y la tierra que le rodeaba. En otra exposición en Ficoba se encontró con una pintura de una Inmaculada, del lezotarra Elías Salaverria, propiedad del Ayuntamiento de Irun. Al tratarse de una Virgen pensó que se podría incluir en la obra y, siguiendo su técnica de trabajo, comenzó a pintar curvas sobre ella para que la imagen fuera tomando forma.

Hay otros elementos que también han influido en la configuración final. Uno de ellos fue el nombre de la basílica. «Me di cuenta de que estaba dedicada a la Virgen del Coro. Una vez más aparecía ese espacio de donde surgía la voz de la soprano en una interpretación muy buena. Además, el sonido es como las olas del mar, va y viene».

Un paraje habitual en sus paseos también tuvo su importancia. Jaizkibel y su encuentro con el mar Cantábrico. «La piedra es arenisca y la erosión ha creado unos huecos muy sugerentes, parecen obras de arte. Un día, mirando la fachada, que también es del mismo material me di cuenta que en algunos sillares se estaba produciendo el mismo fenómeno».

Con todo ello surgió ‘La armonía del sonido’. «Como mi lengua es la escultura hice una obra que uniera mi historia y mi herencia con la historia del edificio. Opté por el blanco porque se trata de una iglesia donde la pureza es algo que viene dado. Además, cuando se habla de los vascos también se asimila a la una raza pura».

La pieza cuenta con una estructura de acero inoxidable y cemento Porland que fue cubriendo con fibras y esponjas sintéticas, resinas y minerales

La obra de Pelzmann San Sebastián se ha instalado en varios espacios abiertos de Nueva York, principalmente en la zona de Brooklyn o enNueva Jersey.

 

*Escrito por Teresa Flaño para el periódico “EL DIARIO VASCO” .